La maternidad llegó a mi vida mucho antes que un embarazo

A tan solo una semana de cumplir treinta y un años, recupero un espacio que, paradójicamente, nunca había existido hasta ahora. Esta web comienza su recorrido con estas palabras y, sin embargo, para mí supone un regreso: el regreso a la escritura pausada, a la reflexión y a la posibilidad de desarrollar aquellas ideas que llevan años acompañándome sin someterlas necesariamente a la inmediatez de las redes sociales.

Hace algunos años mi vida experimentó una transformación considerable. Supongo que acercarse a los treinta trae consigo, al menos para algunas personas, cierta necesidad de revisión. Una especie de crisis de identidad que obliga a preguntarse quién se eres, qué lugar ocupan determinadas experiencias dentro de la propia historia y hacia dónde se quiere dirigir aquello que se lleva años construyendo. En mi caso, además, siempre he sentido cierta necesidad de ordenar las cosas —quizá tenga algo que ver con ser Virgo— y durante los últimos años he tenido la sensación de estar intentando encontrar la posición adecuada para muchas piezas que, hasta entonces, me parecían independientes.

En 2020 finalicé mis estudios universitarios en Educación Infantil. Ahora, seis años después, comienzo a comprender que muchas de aquellas piezas —la educación, la psicología, mi propio proceso terapéutico, la maternidad, la infancia y, posteriormente, la fotografía documental— formaban parte de una misma manera de entender el mundo.

Durante este tiempo no he dejado de aprender, estudiar, observar ni cuestionarme. Lo que sí abandoné progresivamente fue la forma en la que había comenzado a compartirlo.

Cuando abrí mi perfil de Instagram, Pececitos de Colores, en enero de 2020, mi intención era fundamentalmente escribir. Quería utilizar aquel espacio para desarrollar ideas y obligar, en cierto modo, a detenerse a quienes llegaran hasta él. Quien quisiera leer, se quedaría; quien buscara otra cosa, probablemente continuaría su camino.

En esencia, sigo pensando de la misma manera.

Lo que ha cambiado es mi relación con las redes sociales. Con el tiempo he comprendido que pueden funcionar como un magnífico escaparate, pero cada vez me resulta más difícil desarrollar en ellas aquello que realmente me interesa. La necesidad de condensar ideas, producir contenido de manera constante, captar la atención en pocos segundos y adaptarse a las exigencias cambiantes de una plataforma comenzó a resultar incompatible con algo que, precisamente, considero esencial: detenerse.

Detenerse para aprender.

Detenerse para comprender.

Detenerse para observar.

Además, existe otra cuestión que para mí ha adquirido cada vez más importancia. Mi trabajo gira alrededor de la educación y de la fotografía documental, y no quiero que todo aquello que construya quede exclusivamente a merced de plataformas pertenecientes a terceros. Una red social puede modificar sus normas, limitar determinados contenidos o incluso considerar inapropiada una fotografía documental de un nacimiento por mostrar un cuerpo desnudo. Una web propia me ofrece un espacio diferente: un lugar desde el que desarrollar mi pensamiento y mostrar mi trabajo respetando su contexto.

Quizá por eso este blog tenga sentido precisamente ahora.

Y quizá también por eso la primera entrada debía comenzar hablando de maternidad.

La frase que da título a este texto —La maternidad llegó a mi vida mucho antes que un embarazo— tiene, en mi caso, un significado bastante literal. Sigo sin tener hijos y, sin embargo, la maternidad lleva muchos años formando parte de mi manera de pensar, de mis decisiones y, de algún modo, también de mi recorrido profesional.

Con dieciocho años ya deseaba ser madre.

Era consciente, sin embargo, de que aquel no era el momento. Había estudios que terminar, decisiones que tomar y una identidad adulta que apenas comenzaba a construirse. Seguí, por tanto, el recorrido que correspondía entonces: terminé mis estudios, elegí una carrera y entré en la universidad.

Curiosamente, Educación Infantil no era mi primera opción.

Permanecía en lista de espera para acceder a los estudios que inicialmente había elegido cuando, durante el primer mes de carrera, descubrí que quería quedarme.

Aquella decisión terminó teniendo una trascendencia mucho mayor de la que podía imaginar en ese momento.

Había crecido con la sensación de ser un fracaso escolar. Durante mucho tiempo interioricé la idea de que quizá no llegaría demasiado lejos académica o profesionalmente. Estudiar Educación me permitió empezar a revisar aquella percepción y, sobre todo, preguntarme hasta qué punto determinadas experiencias educativas pueden influir en la imagen que un niño construye de sí mismo.

Comencé a cuestionar profundamente un sistema educativo capaz de hacer que tantos niños y niñas lleguen a interpretar sus dificultades, sus ritmos o sus diferencias como una prueba de incapacidad.

Evidentemente, mi historia contiene otros elementos que también influyeron en aquella percepción y que pertenecen a un ámbito que prefiero conservar en privado. Esta web nunca pretende convertirse en una exposición completa de mi vida. Probablemente compartiré aquí un diez por ciento de ella, si no menos: lo suficiente para comprender desde dónde escribo y, especialmente, para qué lo hago.

La universidad me proporcionó, en ese sentido, algo mucho más importante que una titulación.

Durante cuatro años estudié pedagogía, psicología, psicomotricidad, sociología, nutrición y diferentes formas de comprender el desarrollo y el aprendizaje infantil. Mi interés previo por la infancia encontró entonces un marco desde el que profundizar y adquirir nuevas preguntas.

La Educación —con mayúscula, porque para mí merece tenerla— terminó influyendo profundamente en mi personalidad y en mi manera de observar el mundo.

Y también modificó mi relación con la maternidad.

No porque durante aquellos años mi prioridad fuera convertirme en madre. De hecho, la etapa universitaria fue probablemente uno de los periodos en los que más centrada estuve en mí misma. Pero estudiar la infancia inevitablemente me llevó a revisar mi propia infancia y, con ella, muchas de las ideas que había construido acerca de quién era y de quién quería llegar a ser.

Comprender antes de continuar

En 2019, mientras repetía una asignatura de la universidad, comencé un proceso terapéutico mediante EMDR (Eye Movement Desensitization and Reprocessing; en español, Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares).

Se trata de un enfoque psicoterapéutico utilizado para trabajar experiencias traumáticas o altamente estresantes. Para mí supuso aproximadamente un año de terapia que coincidió, además, con: el final de la carrera, la elaboración del Trabajo de Fin de Grado y, finalmente, la llegada de la pandemia de COVID-19.

Aquel proceso me obligó a enfrentarme a experiencias que seguían condicionando mi presente. Quizá no a todas, pero sí a muchas de las que más peso tenían entonces.

Y apareció una pregunta que hasta ese momento no había sabido formular.

Si a los dieciocho años deseaba ser madre, ¿en qué momento había dejado de querer serlo?

La respuesta no apareció de forma inmediata, pero poco a poco comprendí que determinadas experiencias de mi propia infancia y adolescencia habían influido profundamente en mi manera de relacionarme con la idea de maternidad.

No era exactamente que hubiera dejado de querer ser madre.

Necesitaba comprenderme.

Necesitaba sanar determinadas heridas antes de imaginarme acompañando la infancia de otra persona. Necesitaba revisar aquello que había aprendido, aquello que quería conservar y, especialmente, aquello que no quería reproducir.

Hasta entonces no disponía de las herramientas necesarias para hacerlo y, por tanto, tampoco podía imaginar la maternidad desde el lugar desde el que realmente quería vivirla.

De alguna manera, mi camino hacia la maternidad comenzó ahí: mucho antes de cualquier embarazo y bastante antes, incluso, de saber cuándo o si llegaría a producirse.

En enero de 2020 nació Pececitos de Colores.

Comencé a compartir contenidos relacionados con educación y, paralelamente, algunas reflexiones sobre mi propio camino hacia la maternidad. Sabía que probablemente todavía quedarían años antes de convertirme en madre, pero aquello nunca me pareció incompatible con aprender sobre el tema.

Tampoco podía saber cuándo ocurriría. Una decisión reproductiva nunca depende exclusivamente del deseo individual: intervienen las circunstancias vitales, las decisiones compartidas cuando existe una pareja y, llegado el momento, la propia biología.

A lo largo de estos años he escuchado en numerosas ocasiones que «no todo es la maternidad». También me han preguntado si no me cansa hablar durante tanto tiempo sobre cuestiones relacionadas con ella o prepararme para algo que todavía no ha ocurrido.

La respuesta continúa siendo la misma: no.

Porque, paradójicamente, el mayor valor de este recorrido nunca ha dependido de alcanzar un resultado concreto.

Si algún día llega un hijo, todo este aprendizaje formará parte de la persona que lo reciba.

Y, si no llega, nada de lo aprendido habrá sido inútil.

Durante aproximadamente siete años, este camino me ha llevado a profundizar en mi propia historia, conocer mejor mi cuerpo, cuestionar determinadas creencias, estudiar la infancia, comprender mis límites y prestar mucha más atención al autocuidado.

El resultado no ha sido únicamente una preparación para una posible maternidad futura.

El resultado he sido yo.

A pocos días de cumplir treinta y un años puedo decir que me encuentro en uno de los momentos más plenos, conscientes y presentes de mi vida. Y durante estas últimas semanas —en esta particular «muerte de los treinta»— esa sensación se ha hecho todavía más evidente.

También ha cambiado mi manera de comprender el amor.

No únicamente el amor de pareja o el amor maternal, sino el amor entendido en un sentido mucho más amplio: hacia las personas, los animales, las plantas, un lugar, un atardecer o cualquiera de esas pequeñas cosas que, cuando aprendemos a prestarles atención, adquieren una dimensión completamente diferente.

Quizá ahí se encuentre una de las mayores transformaciones de todos estos años.

He aprendido a mirar.

Al reconstruir esta historia desde el presente, empiezo a comprender por qué aspectos de mi vida que durante años parecieron independientes han terminado encontrándose.

La educación me enseñó a cuestionarme cómo aprendemos.

La terapia me obligó a intentar comprender por qué somos, sentimos y actuamos de determinadas maneras.

La fotografía documental me enseñó el valor de observar aquello que ocurre sin necesidad de transformarlo constantemente.

Y la maternidad, incluso antes de vivirla, ha funcionado como un horizonte desde el que preguntarme qué persona quiero ser.

Por eso esta web se articula alrededor de dos ámbitos que, para mí, están profundamente relacionados: la educación y la fotografía documental.

Ambos parten de una misma mirada.

En educación, observar permite comprender al niño antes de decidir cómo acompañarlo.

En fotografía documental, observar permite reconocer aquello que merece ser conservado sin necesidad de alterar el momento para hacerlo más perfecto.

En ambos casos existe una idea que considero fundamental: la realidad contiene mucha más información cuando aprendemos a mirarla antes de intervenir sobre ella.

De alguna manera, todo este recorrido ha terminado condensándose en tres verbos:

Aprender. Comprender. Observar.

Tres acciones que definen cómo entiendo hoy la educación, la fotografía documental y, probablemente, también mi propia manera de estar en el mundo.

Este blog nace precisamente para darles espacio.

Para desarrollar preguntas que necesitan más de unos segundos.

Para investigar, reflexionar y compartir aquello que vaya descubriendo.

Para escribir con calma.

Y quizá esta primera entrada no sea más que eso: una forma de mirar hacia atrás, reconocer el camino recorrido y empezar, por fin, a colocar las piezas.